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Es de suponer... Podéis hacerlo, pues desecho mis temores de una emboscada.

Después de vendarlo, la misteriosa dama lo hizo entrar en la litera y ella se acomodó a su lado. En aquel momento empezó a llover, con fuerza. El monótono ruido de la lluvia y el de los pasos pesados de los mozos chapaleando en el lodo distrajeron la atención del joven romano, que no obstante sus esfuerzos, no hubiera podido decir a dónde iban. Algún tiempo después una pesada puerta giraba sobre sus enmohecidos y viejos goznes y la comitiva de Cupido hacía su entrada en un patio con piso de piedra. Genaro pudo percibir el característico olor a establo o caballeriza. No cabía duda, pues. Venía a la casa de una dama de posición.

Con ayuda de una mano amiga, el joven descendió de la litera y aquélla lo condujo a través de galerías, corredores y estancias, de peculiar olor a rancio y a cosas viejas y un tanto enmohecidas. ¿Qué otro lugar sino un palacio era aquél? Genaro sintió latir su corazón con fuerza. ¡Tal vez una princesa o alguna duquesa le otorgaría la gracia de sus favores! ¿Qué mayor fortuna podía aspirar un pobre segundón como él, que no tenía dónde caerse muerto? Estaba de él que pudiera sacar algún provecho a la situación. Se dejó, pues, llevar mansamente.

Al fin, después de un prolongado caminar, vinieron a detenerse frente a una puerta, a juzgar por el singular llamado que la dama embozada hizo en ella. La puerta se abrió. Un vaho perfumado y tibio le acarició el rostro. Fue introducido en la estancia y sus pasos se perdieron en una gruesa alfombra. Un perfume grato y enervante exaltó sus sentidos, predisponiéndolo al amor y al deseo. La mano que se apoyaba en su brazo se soltó. Se oyó un ruido de faldas, un leve cuchicheo, el cerrarse de una puerta. Con el alma pendiente de un hilo, Ricci esperó. Fácil le hubiera resultado quitarse la venda, pero sabía que eso podía costarle caro. Además, él quería gozar de la aventura hasta sus últimas consecuencias. Esperó, pues, inmóvil, mudo.

Una voz suave e insinuante, angelical, llegó entonces hasta él, produciéndole un grato estremecimiento. Esa voz, plena de sugestión y de promesas de mil deleites, se confundió con el encanto de la noche, aumentando la sensual inquietud del joven.

—Podéis quitaros la venda y acercaros, si os place.

El joven romano se quitó la venda de un manotazo y miró. Una exclamación de infinito gozo, de admiración, escapó de su pecho. Se hallaba en una suntuosa alcoba sumida en una grata penumbra. Había un enorme lecho con dosel en el centro. En ese lecho, cubierta al desgaire por un transparente peinador, yacía en voluptuoso abandono una mujer joven, a juzgar por la redondez de sus formas, por el brillo de sus rubios cabellos, por la fresca carnosidad de sus labios entreabiertos y sonrientes, por el fulgor de los ojos claros que miraban detrás de un antifaz negro.

Lanzando gemidos de anticipado placer, nuestro joven se adelantó hacia el lecho y tomando aquella mano extendida la cubrió de un apasionado beso.

—Para ser una cita con el amor, habéis venido muy armado —dijo ella, envolviéndolo con una cálida mirada—. Dejad vuestras armas y venid a mis brazos, caballero de la noche, que sólo dispones de breve tiempo.

Una tenue música de laúd emergió de alguna parte y se esparció por la cámara, envolviendo con su mágico hechizo a quienes ansiosos de placer esperaban el instante de abandonarse a la satisfacción plena de los sentidos. Bajo la silenciosa y sonriente observación de la enmascarada, Ricci se quitó las armas y el correaje. Una vez más cayó de rodillas al pie del lecho. La joven del antifaz lo miraba intensa y voluptuosamente y su sonrisa era el epítome de promesas de goces sin par en la tierra.

—Sois hermosa y atrayente como el pecado —le dijo él, besándole la mano con ardor—. Y yo, pecador impenitente, me pongo sumiso a los pies de tan soberana belleza.

—Que será vuestra, caballero de la noche, si además de discreto sois apasionado como yo lo deseo.

—Soy todo fuego, señora mía... A la vista de vuestra soberbia hermosura, me he convertido en un volcán pronto a desbordar fuego y lava...

—Entonces, venid —dijo ella, sonriéndole y atrayéndolo con suavidad—. Venid y dadme ese fuego y que él se confunda con el mío...

Los amantes se precipitaron a unir sus brazos y sus bocas, mientras la música suave y enervante se acentuaba y poco a poco se elevaba, en un crescendo que no tardó mucho en llegar al clímax, donde palpitante se mantuvo por algunos instantes, resonando con gratísimas notas que parecieron retumbar en el mismo seno del cerebro. De allí se desbordaron luego y como una impetuosa cascada se vaciaron en las ondulaciones del subconsciente, con notas, arpegios y solfas que habían perdido su resonancia anterior, convirtiéndose en vibraciones musicales tan breves que se extinguieron suavemente, empero sin morir del todo...

*   *   *

Giovanni Sforza miró a los cuatro hombres que mantenían silenciosas, pero amenazantes actitudes detrás de su omnipotente amo, César Borgia, y decidió guardar para otra ocasión más propicia las voces de protesta que asomaban a sus pálidos labios.

—¡Os juro, César, que hice cuanto pude para convencer a Lucrecia de ir a residir en Pesaro, pero ella se niega! —exclamó.

—Apenas puedo creeros. Mi hermana no haría tal cosa, por cierto que no.

—Hablad con ella preguntadle... ¡Yo no deseo otra cosa que estar allá, lejos de las intrigas y maquinaciones de esta ciudad!

—Está bien, lo haré, ahora mismo... He sido llamado por Su Santidad y presiento que tendré que darle una satisfacción al respecto... —César hizo una seña a sus hombres y ya iba a alejarse, cuando pareció recordar algo—. Podéis ir preparando el viaje —agregó en tono displicente—. Después de hablar con Lucrecia estará deseando salir de Roma.

Aquel encuentro había tenido lugar no lejos de la piazza de St. Angelo, donde resplandecía, en las primeras horas de la tarde, un sol magnífico. El ahora Cardenal de Valencia, seguido de sus cuatro guardias de corps, como siempre encabezados por Micheletto, iba a tomar por la Via de Pánico, cuando advirtió un grupo de personas, en su mayoría gentes de pueblo, junto a uno de los paredones del Tíber. Señaló a uno de sus hombres.

__Ve allí, Vicenzo, y averigua qué ocurre —ordenó.

El nombrado asintió y se alejó presurosamente, yendo al encuentro del grupo. Éste se había formado en torno a un cuerpo yaciente y mojado, el cual era examinado con curiosidad no exenta de compasión. Vicenzo se acercó y pudo comprobar que se trataba de un cadáver. Pertenecía a un joven noble, a juzgar por sus ropas. Una sangrante herida causada indudablemente por un puñal, aparecía en su pecho, a la altura del corazón. Al ver al guardia de corps y al reconocerlo, los curiosos se apartaron con aprensión. Vicenzo preguntó entonces qué había ocurrido. Le informaron dos boteros que al ir a cruzar el Tíber habían visto flotar aquel cuerpo. Siendo un deber cristiano, lo habían extraído del agua.

—Es el segundo cadáver que extraemos en un mes —dijo el más viejo de los boteros—. Estamos acostumbrados a ello, pero suponemos que esta muerte habrá de preocupar a algunos.  Podemos ver que se trata de un joven romano de noble familia. —¿Alguno lo conoce? —inquirió Vicenzo. Un hombre rústico, joven, se adelantó.

—Yo creo reconocerlo —declaró—. Soy mozo en el mesón de Spoletto, que está en la vía de Pavone. Este caballero solía ir con frecuencia. Anoche mismo creo haberlo visto, bebiendo alegremente con otros amigos...

—¿Sabe vuestra merced su nombre? —Oí que lo llamaban Ricci... Genaro, creo. —Bien, llevad el cuerpo cubierto a la casa de sus parientes, que alguno tendrá que pague el favor...   Y vosotros, el resto, retiraos, que a mi amo, el Cardenal de Valencia, le disgustan las reuniones.

Y satisfecho por el resultado de sus averiguaciones, Vicenzo volvió al lado de César Borgia, a quien dio cuenta de lo que ocurría.

—Algún joven que se habrá visto comprometido en un duelo —comentó el Cardenal de Valencia, sin detener su marcha—. No creo haberlo conocido.

La presencia del joven cardenal causó considerable revuelo en el palacio de Sta. María del Portici. Sin esperar que lo anunciaran, César se introdujo en las habitaciones de su hermana, a quien encontró en su alcoba, asistida por sus doncellas. Lucrecia estaba pálida, ojerosa, pero de alegre disposición, o bien su alegría era fingida.

—¡César, hermano mío, que grata sorpresa me dispensas! —exclamó Lucrecia, extendiéndole una mano con aire de afectación—. Deben estar sucediendo cosas importantes en Roma, que te inducen a venir.

Sin responderle, César hizo un ademán despidiendo a las doncellas. Luego tomó asiento junto a su hermana y empezó a hablarle en grave tono. Lucrecia intentó replicar dos o tres veces, pero con imperioso acento, César se lo impidió.

—No sé cuáles son las razones que te obligan a permanecer en Roma ni ellas me interesan por el momento —concluyó diciendo el Cardenal de Valencia—. Debes comprender que no puedes permanecer un día más aquí. Nuestro padre se halla muy preocupado, pues existen evidencias de una grave conspiración, a la que los Sforza no serían ajenos. Debes evitar que Giovanni se vea envuelto en ella. En Pesaro no será de temer y podrás vigilarlo de cerca, ¿comprendes?

—Perfectamente, y con la mayor humildad, como Corresponde a una hija amante y respetuosa, acato la voluntad de Su Santidad. Pediré a Giovanni que realice los preparativos del viaje.

—Eso es, y cuanto más pronto, mejor.

Apenas el Cardenal se hubo despedido, en la cámara de Lucrecia entraron sus dos doncellas de mayor confianza, la mora Leila y Pantasilea.

—¡Hemos oído todo! —prorrumpió Pantasilea, juntando las manos—. ¡No podíamos desear mejor suerte, después de lo ocurrido anoche! ¡Lejos de Roma, nadie sospechará de nosotras!

Lucrecia lanzó un profundo suspiro.

—¡Pobre Genaro!... —murmuró—. ¿En qué infausto instante sintió la tentación de quitarme el antifaz?... ¡Después de lo felices que fuimos en tantas noches de ventura sin par!... ¿Comprendéis qué oscura existencia llevaremos en Pesaro?... A menos de enredarnos con pajes o criados, ninguna posibilidad de gozar del amor. ¡Ah, será como una expiación por lo que hemos hecho!

—¡Amita, mi mano no tembló cuando descargó el golpe mortal! —dijo en aquel momento Leila—. Y pongo a Alá por testigo de que lo haré de nuevo si peligra el honor o la felicidad vuestra.

Por eso mismo os digo que no desesperéis... Ya encontraremos el modo de divertirnos, aunque sea en Pesaro.

Pedro Calderón, el Perotto, agitado y nervioso, salió al encuentro de César Borgia.

—¡Su Santidad os espera con impaciencia, señor! —declaró—. ¡Oh, están ocurriendo cosas terribles!... ¡La traición reina por doquier y ni aún en el seno de la Iglesia podemos vernos libres de los traidores!... Pasad, señor, pasad.

Rodrigo Borgia se paseaba agitadamente frente al solio papal, las manos a la espalda, la cerviz doblada sobre la cogulla, la mirada fija en el suelo. No estaba solo, pero bastó que hiciera su aparición el Cardenal de Valencia para que todos se precipitaran a la salida, a una muda señal del Papa.

—La más negra ingratitud, la traición más infame, han sentado sus reales en el Vaticano —empezó a decir Alejandro VI, sin dejar de pasear y como si hablara consigo mismo—. Estamos rodeados de enemigos, que no sólo procuran nuestra caída, sino la ruina de la Iglesia. Seres obcecados por la ambición, en quienes depositara mi confianza, han desertado, pasándose con armas y bagajes al enemigo... ¡Oh, creo que la Cristiandad nunca ha estado en tanto peligro como al presente! En la sombra y aun fuera de ella, los enemigos de la Iglesia conspiran, sin descanso...

—Señor, ¿puedo saber la causa de vuestra santa indignación? ¿Qué noticias habéis recibido, tan graves, que de aqueste modo os turban e inquietan?

—¡Las peores, hijo mío, las peores! —exclamó el Papa, alzando los brazos y yendo a ocupar su solio—. ¡Carlos VIII, rey de Francia, se dispone a invadir Italia, particularmente los Estados de la Iglesia!

—¡Oh!... ¿Con qué propósito?

—¿Qué otros sino los de provocar nuestra caída?... El infame y ambicioso Julián de la Rovere, que nunca me perdonará haberle ganado el trono pontificial, ha huido de Roma y ha llegado a Francia, siendo recibido con grandes honores por la corte francesa. Según mis informaciones, ha logrado convencer a Carlos VIII para que emprenda la invasión armada de Italia, como paso previo a su elevación al pontificado, del cual sería yo expulsado por la fuerza de las armas...

—Señor, en verdad, vuestras noticias son terriblemente dramáticas... ¿Qué pensáis hacer ante la situación?

—He tomado algunas medidas. El ejército papal, bajo el mando del Conde de Pitigllano, saldrá a ocupar posiciones en la frontera. Puesto que Juan, el Duque de Gandía, permanece aún en España, ocuparás su lugar, como segundo al mando. Partirás, pues, en seguida. El Conde de Pitigliano ha partido ya.

—Lo haré sin tardanza, señor... Pero, en rigor de verdad, ¿esperáis que con nuestras reducidas fuerzas, contengamos a un ejército tan poderoso como el francés?

—Por el momento es una medida precaucional. Aún confiamos en que Carlos VIII no se deje convencer por el cardenal de la Rovere. Por otra parte, si consigo mantener la unidad de los reyes y señores de Italia, es posible que el monarca lo piense dos veces antes de atacar. Dispersas y desunidas las fuerzas de Italia, seremos fácil presa. Unidas, nunca.

—¿Creéis posible mantener tal unidad?

—En eso estamos... Si los Orsini, los Sforza, los Colonna y demás señores continúan siendo aliados del Pontificado, hay esperanzas de salvación. De lo contrario...

—En muy débiles fuerzas basáis nuestro porvenir, señor.

—Bien lo sé, pero confío también en la bondad del cielo. ¡La Iglesia no quedará a merced de los herejes!

—El cielo os oiga... ¿Puedo retirarme ya?

—Antes debo decirte que es preciso vigilar a estos señores romanos y a los poderosos de Italia... Vigilar de cerca, sus menores pasos. La traición se está incubando entre ellos, lo presiento. Los Sforza, por ejemplo. ¿De qué nos ha servido nuestra alianza con ellos? Ascanio Sforza se ha convertido en mi adversario más enconado, tanto como el cardenal de la Rovere...

—Lucrecia y Giovanni parten a Pesaro, señor. Tal vez eso ayude a poner a los Sforza de nuestra parte.

—Pero no confío mucho en ello... Vigila, hijo mío. O miseras hominum mentes! O pectora caeca! —-Y Alejandro volvió a hundirse en su solio.                                                                        

* * *

Lucrecia Borgia y su esposo, Giovanni Sforza, acompañados de una numerosa comitiva integrada por las damas de honor, sus doncellas, pajes, criados, palafreneros, escribientes y secretarios, consejeros y aun tropas de guardia, hicieron su entrada en Pesaro, en junio de 1494.

Anoticiada del inminente arribo, la ciudad se había engalanado y preparado para una digna recepción; pero cayó una lluvia torrencial que deslució el recibimiento que tenían preparado los vasallos y ella no permitió que la hermosa y risueña ciudad se mostrara como tal a los ojos de la nueva Señora. El palacio donde debía residir, comparado con el del Portici, por ejemplo, o con otros que la hija de Borgia conocía, era muy modesto, estrecho y sombrío. Por todo lo cual, Lucrecia se mostró quejosa y disgustada desde el primer día.

Y que la vida allí le iba a resultar tediosa, agobiante, lo supo también desde los primeros días. Nunca había imaginado que la señora de un gran predio pudiera llevar una existencia tan insulsa, encerrada en sus habitaciones la mayor parte del tiempo, obligada a cumplir socialmente sólo cuando razones políticas o diplomáticas lo demandaban. Por otra parte, el señor de Pesaro no le permitía compartir los asuntos de buen gobierno. Se encerraba todos los días en su despacho con sus consejeros y colaboradores, pero ella nunca sabía lo que se había tratado. Como si esto fuera poco, Giovanni insistía en rodearla de un falso clima de arte y cultura. Poetas, escritores, filósofos locales eran invitados con frecuencia al palacio, y ella y sus damas de honor se veían obligadas a escuchar sus fatigosas declamaciones o charlas eruditas. Estas reuniones, más o menos informales, tenían lugar casi todos los días.

Si bien Pesaro era una ciudad alegre y jocunda, no tardó en comprender Lucrecia que su pueblo era devotísimo de los Sforza. Intentar una aventura amorosa allí hubiera sido como nombrar al verdugo y fijar el día de la ejecución. Por esta razón, no obstante la decidida actitud de Leila, que juraba que aquello no era peor que el serallo de un árabe celoso, debió evitar que la bella mora realizara un proyecto de buscarle un amante- secreto.

Todo esto contribuyó, pues, a que la vida en Pesaro ie resultara a Lucrecia una verdadera cruz, y no deseó sino el instante de que algún acontecimiento de importancia hiciera cambiar el curso de las cosas.

Tal acontecimiento no tardó en producirse. Alejandro VI, en sus esfuerzos por contener la ola de conspiración que amenazaba destruirlo, había impuesto la boda de Joffre Borgia, el menor de sus hijos habidos con la Vannoza, con Sancha de Aragón, hija del Rey de Nápoles. La alianza con el monarca napolitano, así lo esperaba, consolidaría su poder. La situación en general, a mediados de 1494, no parecía tan desfavorable a la causa de Alejandro VI. Su ejército en la frontera, al mando del Conde de Pitigliano y de César Borgia, si bien no constituía una fuerza impresionable o importante, serviría para demorar cualquier acción ofensiva francesa, en tanto llegaban los refuerzos enviados por los señores de Italia. De estos dependía, pues, el futuro del Vaticano.

Pero un hecho, que al principio pasó desapercibido, vino a echar por tierra las últimas esperanzas de Alejandro VI. Cierto día, a fines de junio de 1494, cuando

Результаты опроса населения
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Согласно данным опроса Левада центра за единороссов проголосовали на 20 с лишним процентов меньше народа, чем заявлено в качестве официальных итогов выборов. То есть в реальности проголосовали 46,1% народа. Это при явке реальной 23 процента. В общем, получается, что за ЕДРО проголосовал каждый десятый. Все-таки наша власть переоценивает зомби-телевизор. Потоки пропаганды , льющиеся с утра и до ночи, подействовали только на одного из десяти.

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